Desde mediados del siglo XVIII los mejores de mis antepasados sintieron que Europa era una promesa realista de modernidad, de prosperidad y de libertad.
Los resultados, interpretaciones y conclusiones pertenecen a sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista del Banco Europeo de Inversiones.
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No sé muy bien qué es Europa; de hecho, si me viera obligado a contestar con una sola frase a esa pregunta, probablemente lo más honesto sería rehacer lo que dice San Agustín, en sus Confesiones, al principio de una deslumbrante reflexión sobre la naturaleza del tiempo: «Si nadie me pregunta qué es Europa, lo sé; pero, si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». Aunque miento: algunas cosas sí sé de Europa. Por ejemplo, sé que para mucha gente, quizá sobre todo para muchos jóvenes, Europa se identifica hoy con la Unión Europea, y que para muchos, jóvenes y viejos, hoy la Unión Europea se identifica, en el peor de los casos, con una reunión desganada e improbable de países con mucho pasado y escaso futuro, y, en el mejor, con un ente supranacional, frío, abstracto y distante cuya capital se halla en un lugar frío, abstracto y distante llamado Bruselas, que no se sabe a ciencia cierta para qué sirve salvo para dar trabajo a montones de grises burócratas y para que los políticos populistas del continente entero le echen la culpa de todo lo malo que ocurre en sus respectivos países. No importa que la realidad sea por completo distinta, que de la Unión Europea dependa ahora mismo el bienestar de los europeos y que sus instituciones construyan o ayuden a construir escuelas, hospitales, bibliotecas y carreteras, que apoyen a pequeñas y medianas empresas o que financien la investigación científica; lo cierto es que, a pesar de todas esas evidencias, que tienen una repercusión inmediata en la vida de los ciudadanos, Europa, o al menos la Unión Europea, es vista por muchos europeos con recelo o indiferencia.
MODERNIDAD, PROSPERIDAD Y LIBERTAD
No siempre la imagen de Europa fue tan negativa, sin embargo, o al menos no lo fue en todas partes. Al contrario. Durante siglos Europa constituyó, sin ir más lejos, la gran ilusión de muchos españoles; conscientes de vivir desde principios del siglo XVII en un país cada vez más aislado, cada vez más sumido en la pobreza, la incultura, la falta de libertades, el dogmatismo oscurantista y la ficción de un Imperio que se hundía, desde mediados del siglo XVIII los mejores de mis antepasados sintieron que Europa era una promesa realista de modernidad, de prosperidad y de libertad. Yo mismo crecí con esa idea en la España que trataba a duras penas de salir del franquismo.
Pero no hace falta ir tan atrás, ni limitarse a mi estrecha experiencia, o a la de mis compatriotas. Hace poco más de una década, justo después del nacimiento del euro, mientras se preparaban la Constitución europea y las ampliaciones de la Unión y se celebraban las primeras reuniones para la puesta en marcha de una defensa común europea, una Europa unida se perfilaba como la gran potencia mundial del siglo XXI, la única capaz de amenazar el poderío norteamericano o chino; hasta el punto de que en 2004 un joven politólogo británico como Mark Leonard se atrevía a publicar un libro titulado ¿Por qué Europa liderará el siglo XXI?1 y, en ese mismo año, Jeremy Rifkin, un veterano sociólogo estadounidense, podía escribir: «Mientras el sueño americano languidece, un nuevo sueño europeo ve la luz»2. Y concluía: «Los europeos han puesto ante nosotros la visión y el camino hacia una nueva tierra prometida para la humanidad». Parece mentira, pero eso era lo que hace muy poco tiempo decían pensadores de todo el mundo acerca de Europa.
Nuestro continente puede reducirse a cinco axiomas. El primero es que Europa es sus cafés. El segundo es que Europa es una naturaleza domesticada y paseable. El tercero es que Europa es un lugar preñado de historia. El cuarto es que Europa es el depósito de una herencia doble, contradictoria e inseparable. Y el quinto es que Europa es la conciencia de su propia caducidad.
LA ÚNICA IDENTIDAD EUROPEA ES SU DIVERSIDAD
Esos son los cinco axiomas que, según Steiner, definen la naturaleza de Europa. Casi sobra decir que la idea es brillante y provocadora, pero insuficiente; no hay duda de que esos rasgos pertenecen a Europa, pero tampoco de que no bastan para definir su identidad. Es más: estoy seguro de que Steiner lo sabe; también estoy seguro de que sabe que el problema no es la respuesta que él da en su conferencia a la pregunta sobre la identidad de Europa, sino la pregunta misma. En la segunda mitad del siglo XVI Montaigne escribió: «Hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y los otros»3.
Esto significa que, mucho antes que Freud, el gran escritor francés entendió que la identidad individual es en cierto sentido una ficción, que en nuestro interior tiene lugar un drama em gente, por usar las palabras con que explicaba Fernando Pessoa la heterogeneidad de su obra, o que dentro de nosotros habita una confederación de almas, como sostenía inspirándose en Pessoa un personaje de Antonio Tabucchi. Ahora bien, si las identidades individuales son ilusorias, ¿cómo no han de serlo las identidades colectivas? En realidad, esas identidades colectivas, empezando por la de España, no son más que invenciones colectivas inducidas o directamente impuestas por poderes estatales que saben muy bien, como lo sabe cualquier poder, que lo primero que hay que hacer para gobernar el presente y el futuro es gobernar el pasado, es decir, construir un relato del pasado capaz de legitimar un presente común y preparar un futuro igualmente común.
En realidad, la única identidad europea verosímil es precisamente su diversidad –una identidad contradictoria o imposible, un oxímoron-, y el único relato capaz de legitimarla sería el relato por lo demás veraz de un grupo de viejos países dotados de lenguas, culturas, tradiciones e historias disímiles que, llegado un determinado momento, tras siglos de combatirse despiadadamente, deciden unirse para construir un país nuevo y unido por los valores de la concordia, el bienestar y la libertad de sus ciudadanos. Desde este punto de vista, el lema de la Europa unida podría ser uno de los primeros lemas de los Estados Unidos, que fue la gran utopía política que alumbró la Ilustración, e históricamente la más exitosa; el lema era: E pluribus unum; es decir, de muchos países, lenguas, culturas, tradiciones e historias, un solo estado.
En este punto tengo que hacer una confesión: Europa nunca ha dejado de ser para mí lo que fue en mi juventud de muchacho recién salido de una dictadura inacabable, lo mismo que durante siglos fue para los mejores de mis antepasados españoles; en otras palabras: como mi amigo Erri de Luca, soy un europeísta extremista. Esto significa que, para mí, la Europa unida es la única utopía política razonable que a lo largo de la historia hemos acuñado los europeos. Utopías políticas atroces –paraísos teóricos convertidos en infiernos prácticos– las hemos inventado a mansalva; utopías políticas razonables, que yo sepa, sólo esa: la utopía de una Europa unida.
Hay una segunda razón por la que la unión de Europa me parece el proyecto político más atractivo y ambicioso de nuestro tiempo. Sabemos que Europa fue durante siglos el centro del mundo, pero también sabemos que ya no lo es, y de un tiempo a esta parte no pasa día sin que oigamos o leamos que casi lo único que nos queda ya por hacer a los europeos, ante el empuje de las grandes potencias emergentes, es languidecer como nobles arruinados entre las ruinas de nuestro esplendor pretérito, por parafrasear al mayor poeta español de la posguerra: Jaime Gil de Biedma. No creo que ese pesimismo esté justificado. Es verdad que el peso de nuestros países en el mundo, tomados uno a uno, es cada vez menor, sobre todo si lo comparamos con el peso de China o la India o Brasil, pero también es verdad que, juntos, gozamos todavía de un poder enorme: sin ir más lejos, somos la mayor economía del mundo, con un PIB de 18 billones de euros en 20185. También es verdad que el peso político de la Europa unida es escaso, incluso su peso cultural y científico; pero eso no se debe a que esté unida, sino a que no lo está lo suficiente, a que los viejos estados se resisten con uñas y dientes a ceder soberanía y a disolverse políticamente en un único estado federal.
La única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente, y por eso es un error descomunal olvidar la negra historia de violencia que ha arrasado Europa, hacer como si no hubiera existido; olvidar que la Unión Europea ha sido esencial para cancelar ese pasado siniestro es un error todavía peor.
La utopía aún está muy lejos de realizarse, y por eso nadie puede estar satisfecho del funcionamiento actual de la Unión Europea: para empezar, el déficit democrático de sus instituciones es sangrante, lo que quizá es el principal problema de la Unión porque impide que lo que inicialmente fue, por fuerza, un proyecto elitista, ideado y dirigido por una vanguardia ilustrada, se convierta en lo que debe ser: un proyecto popular, directamente respaldado y protagonizado por la ciudadanía; pero los problemas sólo empiezan ahí: carecemos de una política económica y fiscal común (aunque no de una moneda y un banco comunes), no tenemos una política interior ni exterior común, ni una política común de defensa, ni por supuesto una política cultural común. Desde este último punto de vista, que es el de mi pequeño rincón de lector y escritor, la desunión es total, más allá de los contactos y fecundaciones que se han producido siempre y que, es cierto, en estos momentos quizá sean más fluidos que nunca; pero son del todo insuficientes: cada uno de nuestros países opera mediante sistemas literarios, educativos e intelectuales completamente distintos, no tenemos periódicos ni revistas ni radios ni televisiones comunes – con lo que carecemos de una opinión pública común –, no tenemos editoriales europeas, tampoco debates de alcance europeo, ni siquiera estoy seguro de que tengamos muchos escritores europeos de verdad – escritores que importen de veras en toda la geografía europea – y sólo sé que existe un premio literario europeo, que concede anualmente el Parlamento Europeo, porque hace tres años se lo dieron a una de mis novelas, lo que significa que la repercusión europea de ese premio es muy escasa.
VARIEDAD DE LENGUAS, DE CULTURAS, DE TRADICIONES Y DE AUTONOMÍAS
Todo lo que acabo de decir puede parecer banal o secundario, sobre todo si se lo compara con las grandes cuestiones económicas y políticas, pero no creo que lo sea. Quizá el gran desafío de Europa, o de la Europa en la que a mí me gustaría vivir y por la que apuesto, consiste precisamente en conciliar dos cosas que en principio parecen inconciliables: la diversidad cultural y la unidad política. Sin la diversidad cultural, Europa se empobrecerá de manera irremisible, porque la variedad de lenguas, de culturas, de tradiciones locales y de autonomías sociales es entre nosotros una fuente casi inagotable de riqueza, y por eso debe cuidarse y potenciarse; no hay contradicción entre esta urgencia y la de crear una cultura europea común, dotada de un sistema intelectual común y una comunidad de intereses, porque esa cultura europea de todos debe ser lo que en el fondo ha sido siempre, desde la desintegración del Imperio Romano: el resultado de la fecundación de lenguas y culturas diversas. Pero, al mismo tiempo, sin la unidad política Europa parece condenada a la destrucción, porque aquella diversidad culturalmente tan fecunda ha sido políticamente el germen de los odios étnicos, las reivindicaciones regionalistas y los nacionalismos chovinistas que han enfrentado sin tregua el continente y amenazado con aniquilarlo. E pluribus unum; volvemos a la unidad en la diversidad, a la identidad múltiple de Europa, a su oxímoron originario: Europa debe ser políticamente una y culturalmente plural. Sólo así, me parece, podrá dar lo mejor de sí misma y no resignarse a la irrelevancia.
La democracia en un solo país no puede siquiera defenderse contra los ultimatos de un capitalismo furioso que traspasa las fronteras nacionales.
TRES PILARES: CONCORDIA, PROSPERIDAD Y DEMOCRACIA
Concordia, prosperidad y democracia: esos son los tres pilares que ha contribuido a sustentar en Europa, durante este último medio siglo, la Unión Europea, y esos son los valores que deberían guiar nuestra razonable utopía futura; al fin y al cabo, nada esencial los distingue de los valores fundacionales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Es cierto que, como decía antes, la utopía está aún muy lejos de hacerse realidad, según comprobamos cada vez que se produce una crisis importante en Europa, sea la crisis económica o la crisis de los refugiados, cuando la Unión Europea es incapaz de actuar como un todo y cada país vuelve a replegarse en sí mismo, a velar por sus propios intereses y a despreocuparse de los intereses comunes, sin entender que, al menos en la Europa actual, no podemos velar por nuestros propios intereses sin velar por los intereses de los demás, porque los intereses de los demás también son nuestros propios intereses.
No: es imposible no estar de acuerdo en que la utopía europea aún no se ha realizado del todo; pero, si bien se mira, quizá es mejor así, porque las utopías son en cierto modo como las democracias. La democracia perfecta no existe: una democracia perfecta es una dictadura; es decir, es una democracia de mentira: lo que define a la democracia de verdad no es que sea perfecta, sino que es infinitamente perfectible, que siempre se puede mejorar. Con las utopías ocurre lo mismo. Una utopía llevada a la realidad es una utopía de mentira, porque todos los seres humanos somos distintos, albergamos necesidades, aspiraciones y deseos distintos, y lo que para unos es un paraíso para otros puede llegar a ser un infierno; una utopía de verdad, por tanto, no es la que proporciona una misma felicidad a quienes la habitan, sino la que a cada uno le permite buscar su propia felicidad a su manera. ¿Puede llegar a ser eso en el futuro la Europa unida? ¿Puede llegar a ser lo que hace sólo unos años pensaban politólogos y sociólogos de todo el mundo que iba a ser, el líder del siglo XXI, como pronosticaba Mark Leonard, la nueva tierra prometida de la humanidad, como auguraba Jeremy Rifkin?
No lo sé: sigo sin tener respuesta a esa pregunta. Pero mentiría si no dijera que algunas cosas sí sé. Por ejemplo, sé que, según vienen notando con asombro algunos especialistas en política internacional, como Moisés Naím, asistimos desde hace tiempo a un fenómeno extraordinario, y es que la primera potencia mundial, Estados Unidos, está renunciando a su poder y a su influencia por propia decisión y sin que se los quiten sus rivales. Este fenómeno se ha agudizado con la llegada de Donald Trump al poder, hasta el punto de que John Kerry, ex secretario de estado norteamericano, ha calificado esta retirada general de «grotesca abdicación de liderazgo», y ni siquiera falta quien, como el sociólogo noruego Johan Galtung, conocido por haber predicho la caída de la Unión Soviética, viene anunciando desde hace tiempo, con argumentos nada desdeñables, el próximo desmoronamiento del poder norteamericano. Ignoro si todo ocurrirá tan rápidamente como conjetura Galtung, pero es verdad que, después de casi un siglo de hegemonía mundial, Estados Unidos se está ensimismando a marchas forzadas, cosa que se advierte en muchos campos: no ha firmado el Tratado comercial transpacífico (el llamado TPP, por sus siglas en inglés)8, se desentiende de lo que ocurre en Europa y mengua a diario su influencia en asuntos clave, como la lucha contra el calentamiento global, la proliferación nuclear, la ayuda al desarrollo, el control de pandemias globales, la regulación de Internet o la intervención para contener las crisis financieras.
Ese heroísmo de la razón constituye el impulso original de la unión de Europa.
Yo no lo creo, y creo que tampoco lo creería un gran escritor italiano, Alberto Savinio, cuyas palabras quiero traer aquí para terminar. Esas palabras se publicaron el 27 de diciembre de 1944, poco antes del fin de la guerra en Italia y en el resto de Europa, y palpitan con el recuerdo del horror recién concluido y con la euforia de la liberación del fascismo. Son palabras transidas de una emoción genuina, que a su modo se halla en el origen inmediato de la utopía razonable de Europa; añadiré que en esa emoción resuena, para mí, el heroísmo de la razón del que hablaba Husserl.
Savinio escribió: «Estoy cada vez más convencido de que el pueblo de Europa no se curará sus gravísimas heridas mientras no forme una única nación unida por un pensamiento común, unos intereses comunes y un destino común [...].
»Europa, en el fondo y tal vez sin saberlo, quiere unirse, y tarde o temprano lo hará. ¿Quién sabe? Tal es la locura y la estupidez de los hombres, tal es sobre todo su insistencia en no resignarse al destino si no se ven obligados a hacerlo [...] que quizás sea necesaria una tercera guerra mundial aún más desastrosa que las dos primeras para que la necesidad de una unión quede clara en la mente de los europeos; en cuyo caso, no serán los que se unan los europeos vivos, sino las sombras de los europeos, los fantasmas de los que han vivido, como los llamó Homero. Pero quizás no [...].
»Ningún hombre, ningún poder ni ninguna fuerza podrán unir a los europeos y construir Europa. Sólo una idea podrá unirlos. Sólo una idea –esa cosa humana por excelencia– podrá construir Europa.
»Esa idea es la idea de comunidad social [...].
»Esa unión “natural” de Europa llegará. Llegará antes o después. Llegará tarde o temprano. Llegará, a pesar de todo. Llegará en contra de todo».11
Los resultados, interpretaciones y conclusiones pertenecen a sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista del Banco Europeo de Inversiones.
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Notas:
[1] Mark Leonard, ¿Por qué Europa liderará el siglo XXI?, (Why Europe Will Run the 21st Century) (Fourth Estate, 2005).
[2] Jeremy Rifkin, El sueño europeo: Cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano (The European Dream: How Europe’s Vision of the Future is Quietly Eclipsing the American Dream, Jeremy P. Tarcher, 2004).
[3] M ichel de Montaigne, Ensayos (Essais, 1580).
[4] M arie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794). Matemático, economista y filósofo, fue uno de los enciclopedistas y participó activamente en la Revolución Francesa. Sus obras más conocidas son Sobre cálculo integral, Ensayo de análisis y Ensayo sobre la aplicación del análisis de la probabilidad de las decisiones sometidas a la pluralidad de voces.
[5] https://data.worldbank.org/indicator/ny.gdp.mktp.cd?name_desc=false
[6] Jürgen Habermas, Peter Bofinger y Julian Nida-Rümelin, «Für einen Kurswechsel in der Europapolitik», Frankfurter Allgemeine Zeitung, 3 de agosto de 2012; Javier Cercas, «Por un cambio de rumbo en la política europea», El País, 12 de agosto de 2012; Javier Cercas, «Las ideas y la sangre», El País, 31 de julio de 2016.
[7] Ibidem.
[8] Trans-Pacific Partnership.
[9] M ichel Serres, «La humanidad progresa adecuadamente», El País, 3 de enero de 2017.
[10] E dmund Husserl, Conferencia impartida en el Círculo Cultural de Viena los días 7 y 10 de mayo de 1935 con el título de «La filosofía en la crisis de la humanidad europea» (N. del E.).
[11] Alberto Savinio, Sorte dell’Europa, 1977, Adelphi Edizioni .
El destino de Europa incluye una serie de escritos que Savinio publicó entre 1943 y 1944. El extracto que se presenta aquí subraya la urgencia de una Europa unida. La traducción de este pasaje se ha realizado con la autorización que han concedido amablemente los herederos del autor (N. del E.).