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    Intervención de Nadia Calviño, presidenta del Grupo Banco Europeo de Inversiones, en el Festival 2026 de la London School of Economics: «¿Cómo salvar el planeta?», el 16 de junio de 2026.

    EIB

    La London School of Economics ocupa un lugar muy especial en mi corazón por muchos motivos. Estar aquí es para mí un placer excepcional y poco frecuente.

    Estimados embajadores, estimados profesores, estimados estudiantes, estimados miembros del personal docente:

    Me complace enormemente volver a estar aquí, en la London School of Economics, y

    no solo por la relación personal que me une a esta institución con tantos queridos amigos, sino porque la London School of Economics es, desde hace mucho tiempo, un lugar donde las ideas cobran vida. Un lugar donde el pensamiento económico está ligado a las cuestiones prácticas que configuran nuestras sociedades. Podríamos decir que es la incubadora o el acelerador de los líderes del mañana.

    Es para mí una gran oportunidad poder dirigirme hoy a todos ustedes y compartir mis reflexiones sobre algunos de los problemas actuales que nos preocupan a todos y que tendrán un impacto estructural en nuestras economías y nuestras sociedades: cambios y conflictos geopolíticos, la aparición de nuevas potencias mundiales, la evolución de las alianzas estratégicas, el impacto de la inteligencia artificial y otras tecnologías disruptivas. Reina actualmente un clima de enorme volatilidad y gran incertidumbre, lo que transmite una sensación de inseguridad a los ciudadanos de todo el mundo.

    Y estoy segura de que ustedes también lo sienten. Estoy segura de que lo perciben a su alrededor. Todo ello se suma al impacto creciente del cambio climático, un tema que parece haber quedado relegado a un segundo plano, en parte por los giros de la narrativa política en algunos países, pero también, en mi opinión, por el exceso de información, por el ritmo vertiginoso de noticias y asuntos que ocupan nuestro espacio mental, nuestros medios de comunicación y los acontecimientos históricos que estamos viviendo.

    Eso hace que esta cuestión, el cambio climático y la acción por el clima, esté menos presente a nuestro alrededor y en las noticias. Pero, en realidad, creo que debería encabezar la lista de prioridades, por mérito propio, porque es bueno para nuestro planeta y también porque está estrechamente vinculado a todo lo anterior, a todas esas otras preocupaciones que acabo de mencionar. En este contexto, la pregunta que analizamos hoy —y coincido con Andrés— quizá habría sonado un tanto arrogante y exagerada en otro momento. Pero, en estos momentos, la pregunta no es solo pertinente, sino la que mejor define nuestro tiempo.

    ¿Cómo salvar el planeta?

    Creo que todos —como economistas, responsables políticos, investigadores y futuros líderes— deberíamos empezar por plantear la pregunta correctamente. Porque el reto al que nos enfrentamos no es ni abstracto, ni lejano ni solo medioambiental. El cambio climático ya está afectando nuestras economías, nuestra competitividad, nuestras finanzas públicas, nuestra seguridad y nuestra cohesión social.

    Los crecientes costes de los fenómenos meteorológicos extremos nos recuerdan claramente la necesidad de abordar este reto. Así pues, no se trata solo de proteger la naturaleza, lo que ya sería razón suficiente. No se trata solo de hacer lo correcto, sino más bien de hacer lo más inteligente y así preservar la prosperidad, la estabilidad, las oportunidades y nuestro modo de vida para las generaciones futuras. En mi opinión, la acción por el clima no debe entenderse como una alternativa a otras prioridades urgentes, como la seguridad o la competitividad, como algunos quieren presentarla. Tampoco limita el crecimiento, como otros se empeñan una y otra vez en hacernos creer. Todo lo contrario, la acción por el clima es un pilar central de la eficiencia económica y la prosperidad sostenible.

    He de admitir que esto se percibe, hoy en día, como una opinión muy europea. Y esto se debe a que Europa siempre, o al menos durante los últimos ochenta años, ha entendido que la prosperidad y la solidaridad van de la mano. Esta es la razón fundamental del éxito extraordinario de nuestro continente durante los últimos ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

    Además, Europa se encuentra entre las regiones más afectadas por el cambio climático y también entre las más vulnerables debido a una dependencia excesiva de los combustibles fósiles, como hemos podido comprobar, si es que no lo sabíamos ya, con el intento de Rusia de invadir Ucrania y, por supuesto, con la escalada de la crisis en Oriente Próximo.

    En Europa somos conscientes de la importancia de la inversión a largo plazo y la resiliencia, porque cada euro que invertimos en adaptación y prevención ahorra entre cinco y siete euros en reparaciones. Por no hablar de la pérdida irreparable de vidas humanas. Los europeos también sabemos que los retos colectivos exigen soluciones colectivas. Si repasamos la historia de la integración europea, observamos que algunos de los avances más importantes se han producido en respuesta a retos profundos.

    Después de la guerra, Europa invirtió en paz. Después de la gran crisis financiera, reforzamos nuestras instituciones. Después de la pandemia, unimos fuerzas para movilizar inversiones públicas y privadas a una escala sin precedentes y mitigar el impacto desde el punto de vista sanitario, económico y social. En mi opinión, el cambio climático exige hoy la misma ambición, la misma unidad y la misma determinación.

    Pero permítanme insistir en algo: salvar el planeta no depende de una sola política. No existe una varita mágica ni una solución milagrosa. Se trata de transformar la manera en que generamos energía, transportamos personas y mercancías, construimos nuestras ciudades, gestionamos el agua, producimos alimentos y financiamos la innovación. Y esta es una transformación económica de escala histórica. Las transformaciones de esta magnitud exigen inversión, como ya han señalado, y tiempo. Exigen una inversión muy considerable —con cifras bien conocidas— y sostenida durante mucho tiempo.

    La década actual es clave para que esta transición sea un éxito, con independencia de los cambios políticos a nivel nacional, de las prioridades contrapuestas y de las necesidades urgentes. Y, precisamente por eso, instituciones como el Banco Europeo de Inversiones desempeñan un papel fundamental para garantizar que la transición verde sea un éxito europeo. Porque el Grupo Banco Europeo de Inversiones es el Banco del Clima de la Unión Europea. Me parece cada vez más que es el Banco del Clima del mundo, ya que muchas instituciones ni siquiera utilizan ya esa palabra. Aunque lo más importante es que nuestra institución se centra en el impacto a largo plazo. El papel del BEI consiste en apoyar proyectos que refuercen la competitividad y la seguridad de Europa con un enfoque plurianual que complemente los ciclos nacionales, presupuestarios y políticos. Una tarea muy importante.

    Desde la adopción de la Hoja de Ruta del Banco del Clima, hemos aumentado significativamente la financiación para proyectos climáticos y medioambientales hasta alcanzar 57 000 millones de euros en 2025, lo que equivale a un 60 % del total. Vamos camino de movilizar un billón de euros en inversiones públicas y privadas en esta década, y hemos duplicado la financiación destinada al sector energético desde el inicio de la agresión de Rusia contra Ucrania.

    De hecho, el Grupo Banco Europeo de Inversiones es actualmente el mayor financiador de la transición energética europea. En estos momentos, financiamos la mitad de los proyectos de redes eléctricas en curso, una de cada cinco plantas solares, uno de cada tres parques eólicos terrestres y la mayoría de los proyectos de energía eólica marina.

    Podría mencionar muchos proyectos en Polonia, por ejemplo, pero permítanme citar una operación que se acaba de firmar hace unos diez o quince minutos para financiar el mayor parque eólico terrestre de los países bálticos, en Lituania. Un proyecto de gran relevancia que marcará un antes y un después, puesto que suministrará energía a un tercio de la población del país.

    También trabajamos fuera de las fronteras de Europa, a escala mundial. Por ejemplo, contribuimos a la Misión 300 con el Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo. Recientemente hemos comprometido 1 000 millones de euros para ampliar el acceso a una electricidad limpia y asequible en toda África, lo que beneficiará a 300 millones de personas de aquí a finales de la década.

    Es evidente que el sector público ha liderado y apoyado este proceso durante los últimos cinco años, pero la magnitud del reto exige la implicación del sector privado. Cabe preguntarse, entonces, cuál es el papel de instituciones como el Banco Europeo de Inversiones.

    En mi opinión, debemos desempeñar un papel catalizador. Tenemos que movilizar la inversión privada, reduciendo el riesgo, atrayendo financiación y dotando de un sello de calidad a aquellos proyectos que realmente pueden marcar la diferencia sobre el terreno. Porque no solo se trata de innovar, sino también de ejecutar. Ya contamos con muchas de las tecnologías que necesitamos, lo que es una muy buena noticia:

    energías renovables, almacenamiento, modernización de redes, transporte limpio, eficiencia energética, procesos industriales sostenibles e infraestructuras de adaptación. Pero la cuestión ya no es si existen las soluciones, sino si podemos desplegarlas con la rapidez necesaria, de manera justa y a una escala suficiente.

    Permítanme subrayar un término que precisamente el profesor Rodríguez-Pose ya ha mencionado: «equidad». Porque las transiciones solo tienen éxito cuando las personas creen que son justas. Si multiplicamos los ejemplos de éxito, lograremos trasladar el efecto positivo de esta transición verde a nuestras economías.

    Esto implica demostrar cómo nuestras políticas aportan mayor estabilidad, mayor seguridad y unas facturas energéticas más bajas. Si la acción por el clima se percibe como algo impuesto desde arriba, encontrará resistencia. Si las regiones sienten que se quedan atrás, la transición perderá legitimidad. Si los hogares solo perciben los costes y no los beneficios, la transición limpia se considerará como algo al alcance de unos cuantos, y entonces perderemos esta batalla. Por eso la transición verde debe ser también una transición justa.

    En realidad, la competitividad y la cohesión —vuelvo a la misma idea— son caras de la misma moneda. Ahora bien, lo mismo se aplica a escala mundial, porque el cambio climático no entiende de fronteras y, por tanto, las economías en desarrollo también deben tener acceso a financiación asequible, y la cooperación internacional sigue siendo imprescindible a este respecto. Ha sido un gran placer tener la oportunidad de reunirme con la baronesa Chapman, precisamente justo antes de que el Reino Unido asuma la presidencia del G20 el año que viene. ¿Cómo podemos unir fuerzas para asegurarnos de que haya financiación para el desarrollo y la transición limpia en todo el mundo?

    A mi parecer, esto también pone de relieve el papel de las instituciones multilaterales. Porque las instituciones multilaterales son importantes, como también lo son las alianzas. Si lo hacemos bien, reforzaremos algo más que nuestro sistema energético. Lograremos un progreso real. Reforzaremos la confianza en nuestras democracias y nuestras instituciones, así como en el sistema multilateral. Y creo que esto ofrece una visión más amplia de lo que estamos debatiendo y del papel que deben desempeñar instituciones como el Banco Europeo de Inversiones.

    Permítanme compartir una última reflexión. Muchas personas me comentan lo positiva y optimista que soy. ¿Es esto idealismo? No lo creo. Para mí es puro realismo. Y cuando hablo con estudiantes, muchos plantean la pregunta que el profesor Rodríguez-Pose no ha mencionado: ¿Cuándo? Porque son muchos los jóvenes que sienten que el cambio no avanza lo suficientemente rápido, que vamos demasiado despacio. Que el progreso es insuficiente. Y aunque entiendo esa preocupación, también quiero insistir en que la transformación a gran escala ya está en marcha.

    Y ha pasado a una nueva fase, en la que el sector privado está asumiendo un papel de liderazgo. Y se está acelerando. Por supuesto, las crisis a nuestro alrededor representan claras señales de alerta y una llamada para que las instituciones y empresas privadas reconozcan la necesidad de avanzar más deprisa. Solo hay que ver la velocidad con la que se están desplegando las renovables. Fíjense también en la innovación en el ámbito de las tecnologías limpias. Ya contamos con las herramientas necesarias para que esto sea un éxito.

    Miren la evolución de las finanzas sostenibles. El éxito del mercado de bonos verdes transmite un mensaje positivo. Otro ejemplo lo ofrece el porcentaje creciente de empresas que invierten en eficiencia energética y en la transición verde de sus actividades. Por eso creo que debemos dejar de lado la retórica pública y las posiciones ideológicas y centrarnos en lo que está ocurriendo realmente: una transición energética que avanza con potencia.

    Lo que está sucediendo actualmente en el plano geopolítico no hará sino reforzar esta tendencia, puesto que, en mi opinión, está bastante claro que los europeos, tanto la UE como el Reino Unido, debemos liberarnos de nuestra excesiva dependencia de los combustibles fósiles. Sabemos qué camino debemos seguir, y contamos con las herramientas necesarias para ello. No es solo lo correcto para el planeta, sino también la mejor estrategia económica para Europa.

    El progreso no siempre sigue una línea recta, pero es real y requiere perseverancia. Y esto me lleva a mi último interrogante: ¿Quién? ¿Quién debe liderar esto? Hace apenas un momento, uno de vuestros compañeros me formuló esa pregunta para un pódcast. Permítanme responder: todos vosotros, todos nosotros.

    Porque cuando nos preguntan cómo salvar el planeta y quién liderará esta transformación, la respuesta es que seréis todos vosotros. No solo activistas, no solo científicos, no solo líderes políticos, sino también economistas, ingenieros, juristas, emprendedores, inversores, empleados públicos, investigadores, diseñadores y especialistas en datos. Todas las profesiones representadas en esta universidad tienen un papel que desempeñar. Porque la acción por el clima ya no es una cuestión marginal, sino un elemento central de toda gran decisión económica: qué infraestructuras financiamos, qué tecnologías ampliamos, cómo valoramos el riesgo, cómo regulamos los mercados, cómo definen las empresas los riesgos y el valor a largo plazo. Estas son las decisiones que definirán el futuro, y muchos de vosotros seréis quienes las tomen.

    Por eso, cada vez que me reúno con un grupo de jóvenes estudiantes, tengo plena confianza en que lograremos afrontar este reto, como hemos hecho siempre los seres humanos a lo largo de nuestra historia. Europa tiene una responsabilidad particular. Creo que lo debatiremos dentro de un momento. En mi opinión, el optimismo y la confianza no deben confundirse con ingenuidad. No es que seamos ingenuos. Es una elección estratégica. Porque construir el futuro exige confiar en que el cambio es posible. Y estoy segura de que es posible. Lo sé porque, en el Banco Europeo de Inversiones, constatamos a diario lo que se puede lograr cuando se unen propósito público e inversión privada.

    Si echamos la vista atrás, observamos lo que hemos logrado aunando fuerzas, y eso es lo que me inspira confianza. Entonces, ¿cómo salvar el planeta? Invirtiendo en innovación, acelerando la ejecución, garantizando la equidad, reforzando nuestra unidad y la cooperación internacional, y comprendiendo que la acción por el clima no está desligada de la eficiencia económica y la seguridad, sino que es un elemento esencial de ambas. Las decisiones que se adopten en esta década determinarán la vida de las generaciones venideras, y eso supone una gran responsabilidad, pero también una oportunidad única. Me enorgullece enormemente presidir una institución que puede marcar la diferencia de cara al futuro, e intento tomar las decisiones adecuadas cada día.

    Muchas gracias.